Leer

Hermanamiento por la lectura

Cuando nos gusta un libro, nos habla directamente al corazón. El autor nos elige personalmente a cada uno de  nosotros como interlocutores y somos nosotros quienes completamos su obra con nuestra experiencia lectora. Entre él y nosotros se establece una estrecha relación que, además, nos hermana con otros lectores que experimentan pasiones semejantes. ¿O no es verdad que si vemos a alguien leyendo una obra que ya ha sido nuestra, se establece un vínculo invisible de mayor afinidad?

En una entrada anterior el escritor barcelonés, Use Lahoz, afirmaba que La literatura hace mucha compañía y ayuda mucho.

Veamos a continuación cómo les sedujo la lectura a dos grandes de la literatura.

Mario Vargas Llosa declara, en una de las entrevistas que le hacen tras recibir eNiño leyendo en butaca de todas las posturasl Premio Nobel, “Lo más importante que me ha pasado en la vida ha sido aprender a leer”. Hace memoria y comparte su primera experiencia con Flaubert y su Madame Bovary. Leamos hasta qué punto:

Compré el libro nada más llegar a París. Comencé a leerlo esa misma tarde, en un cuartito del hotel Wetter, en las inmediaciones del museo Cluny. Ahí empieza de verdad mi historia. Desde las primeras líneas el poder de persuasión del libro operó sobre mí de manera fulminante, como un hechizo poderosísimo. Hacía años que ninguna novela vampirizaba tan rápidamente mi atención, abolía así el contorno físico y me sumergía tan hondo en su materia. A medida que avanzaba la latrde, caía la noche, apuntaba el alba, era más efectivo el trasvasamiento mágico, la sustitución del mundo real por el ficticio.”

Jean Paul Sartre despierta la pasión por la lectura aun antes de aprender a leer:

Libros en bibliotecaEmpecé mi vida como sin duda la acabaré; en medio de libros. En el despacho de mi abuelo había libros por todas partes. No sabía leer aún y ya reverenciaba esas piedras levantadas, derechas o inclinadas, apretadas como ladrillos en los estantes de la biblioteca. (…) Los cogí -dos libros de cuentos que su abuelo le había regalado-, los olí, los palpé, los abrí. Era en vano: no tenía el sentimiento de poseerlos. Sin mayor éxito intenté tratarlos como muñecas, los mecí, los besé, los pegué. A punto de echarme a llorar, acabé poniéndoselos en las rodillas de mi madre. Ella levantó la vista de la labor: ¿Qué quieres que te lea, queridín? ¿Las hadas? (…) Entonces tuve celos de mi madre y resolví quitarle su papel. Me apoderé de una obra titulada Tribulaciones de un chino en China y me la llevé a la habitación de los trastos; allí encaramado en una cama plegable, hice como que leía: seguía con los ojos las líneas negras sin saltar una sola y me contaba una historia en voz alta, teniendo cuidado de pronunciar todas las sílabas (…) estaba enloquecido de alegría.”

Y a ti, ¿qué te aporta la lectura?

AUTORAAna Garrido Rubio. Profesora de Lengua Castellana y Literatura.

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