Cuando sopla el viento de levante

Alberto Martín. Cuando sopla el viento de levante. Andalucía, Premium, 2016, 245 páginas. 

RESUMEN

Estamos en 1970: arde un hotel en la costa gaditana. Veintiún años más tarde ese hotel se vuelve a construir. Pablo viaja desde Madrid para trabajar como camarero: acaba de sufrir un desengaño amoroso con Marta, con la que llevaba viviendo varios años, y necesita un cambio de aires. Cádiz es para él un mundo nuevo, allí podrá empezar otra vez… pero en el hotel empiezan a pasar cosas raras: aparece un niño muerto, el ascensor te lleva a sitios insólitos, los personajes te van envolviendo en una tupida tela de araña; muy pronto el lector se sentirá arrastrado por el poder magnético de la trama.

VALORACIÓN

Todo sucede cuando sopla el viento de levante. El espacio, el tiempo entrecruzan sus múltiples aristas, hábilmente manejadas por el autor. El lector avispado encontrará en esta novela ecos difusos de Platón, Heráclito, Russel, Borges y Machado; ecos que están latentes en el autor, de manera inconsciente, pero van marcando la pauta. Otras referencias (Hitchcock, Harper Lee, Galdós) son guiños que el autor nos hace de manera deliberada. Y está Perry Mason. Es una investigación que nos lleva de sobresalto en sobresalto hasta su desenlace, y tiene una moraleja, en la página 237, donde, sin hablar de don Quijote, el autor lo evoca; sus palabras dicen así:

“La justicia sólo tiene un camino independientemente de lo que dicten las leyes que otros imponen. Podrá haber diferentes interpretaciones, pero a ella solo se puede llegar de una manera: haciendo lo que creemos que es correcto y priorizando ese sentido de la responsabilidad sobre la comodidad de mirar hacia otro lado y esperar que sean otros los que actúen en nuestro lugar”.

Alberto Martín es una joven promesa de las letras españolas. Ha sido finalista del P remio Ateneo Joven de Sevilla, es profesor en la universidad de Valladolid y ésta es, de momento, su segunda novela.

RECOMENDACIONES

Con esta novela disfrutarán los jóvenes de 4º de la ESO, pero creo que un público más joven también podría solazarse en sus páginas; en los alumnos de bachillerato se disparará, con la intriga, el placer del texto

 

PUNTUACIÓN

9 sobre 10.

Alberto Martín. Cuando sopla el viento de levante. Andalucía, Premium, 2016, 245 páginas; tapa blanda.

AUTOR: Mariano Martín Isabel. Profesor del Departamento de Filosofía.


Entrevista con el escritor Alberto Martín García

 

Cuando sopla el viento de levante es la segunda novela de Alberto Martín. Su opera prima, Tras la estela de un cuadro, ha quedado entre las cuatro finalistas del XVII Premio de Novela Ateneo Joven de Sevilla, de un total de ochenta y tantos manuscritos presentados: ambas están editadas en Premium Editorial, en 2016 y 2012 respectivamente.

Alberto Martín ha nacido en Segovia. Es profesor asociado en la universidad de Valladolid y ha sido colaborador del Adelantado de Segovia. Amablemente aceptó la invitación de Isabel, una de nuestras contertulias, para venir a la tertulia literaria que reúne a algunos padres de alumnos en el instituto Andrés Laguna de Segovia; la reunión se celebró el día 15 de enero del nuevo año 2018 y, a lo largo de casi dos horas, se entabló un debate distendido, riguroso y ameno, en el que pudimos hablar de la literatura, del periodismo, del cine y de su obra. Con la distancia que produce esta semana transcurrida desde entonces, y con las inevitables lagunas que empieza a excavar el olvido, voy a tratar de reconstruir en estas páginas lo esencial de aquella charla.

-Alberto, tu segunda novela presenta saltos hacia adelante y hacia atrás en el tiempo, creo que por un doble motivo: primero, porque lo exige la trama; segundo, porque lo usas también como recurso narrativo. Háblanos del tratamiento del tiempo en tu segunda novela.

-La acción transcurre en 1991, pero se había iniciado veinte años atrás, y los acontecimientos que se produjeron entonces tienen consecuencias en el presente: eso marca toda la novela. En un principio quise marcar el paso del tiempo utilizando como fechadores noticias que todos hemos podido leer en el periódico; pero temí que los lectores no lo entendieran y opté por identificar explícitamente las fechas.

-Esto da lugar a un ente híbrido que maneja, con cierta redundancia, dos técnicas diferentes: por un lado, al igual que Juan Rulfo en Pedro Páramo, planteas un tiempo psicológico más que histórico (“era el tiempo de la caléndula”; “cuando ella me tenía en sus brazos”); y por otro manejas el tiempo fechado del historiador.

-Efectivamente. Cuando hablo de Boris Yeltsin, de Betancort, de las tapas de los bares, estoy planteando situaciones que se pueden ubicar en el tiempo; pero algunos datos, como Diario 16, no pueden cumplir esa función, porque ese periódico existió a la vez en 1991 y en 1970.

-Sirven más bien de ambientadores que de fechadores; contribuyen a recrear una atmósfera más que a localizarla.

-Eso es. También el espacio se encuentra a veces desubicado. No sólo hay hiatos temporales en mi novela, también se producen hiatos en el espacio.

-Como cuando dice uno de tus personajes: “era el pasado que me expulsaba de allí por no ser el lugar que me correspondió”. Lo tengo subrayado; está en la página 72.

-Y eso nos lleva a la siguiente pregunta: ¿cómo se marcan las transiciones? Hay varias formas de hacerlo en la novela, una de ellas es el ascensor; los personajes entran en el ascensor y suben para salir al mismo espacio, pero en distinto tiempo; el ascensor es una puerta que comunica (o que separa) dos épocas, un poco como sucede con el cuadro de Narnia; la salida da a otro mundo, a otro tiempo, a otra realidad.

-Pero el otro lado de la puerta no sólo lleva a otra parte de la realidad, sino a la no-realidad: es como si pasáramos de la realidad al sueño.

-Sí, a veces… El sueño es otra realidad. A veces es un sueño compartido, una especie de folie à deux, cuando le dice un personaje a otro: “¿pero cómo vamos a estar los dos en el mismo sueño?” (p. 67). Otras veces se comporta como una realidad paralela (“todo lo que viviste fue tan real como que estás ahora frente a mí con esa cara de pasmarote”, le dice –p. 77- Claudio Antía a Pablo Veracruz).

-Y otras veces (lo leo aquí, en la página 62) nos recuerdas a Borges cuando pones en boca de uno de tus personajes: “me dormí dentro de mi propio sueño”. Y ocasionalmente recuerdas algún mecanismo del sueño de los que describió Sigmund Freud, por ejemplo la condensación. Lo podemos leer en la página 88: “era como si tres vidas se hubieran abalanzado sobre él”.

-También me acuerdo del uniforme. En mi novela el uniforme de policía sirve, como el ascensor, para marcar el salto en el tiempo: si es el gris de la policía armada estamos en 1970; si es el azul de la policía nacional estamos en 1991.

-Hay resonancias quijotescas en algunas de tus páginas. Por ejemplo, aquí, en la página 160, dices lo siguiente: “maldijo (…) su locura sustentada en una mentira, pues aunque él no lo supiese, era su cordura lo que le había llevado hasta a puerta del hotel, decidido a (…) rescatar de las tinieblas a Rodrigo”.

-Algo de eso hay, algo… pero quizá más al modo elíptico.

-Más que decirlo, lo muestras.

-Algo así… En un momento dado dice uno de mis personajes: “la única baza para defender mi cordura era un tarado”.

Busqué ávidamente entre mis apuntes.

-En la página 75.

Fernando seguía hablando mientras tanto.

-Mi personaje, Pablo, tiene rasgos quijotescos. –Siguió hablando y diciendo cosas que luego encajé perfectamente en una cita de la página 162. La cita decía así: “Pablo Veracruz había tenido la ocasión de huir, pero no lo había hecho. (…) En aquel chico veía a alguien con principios que creía en la justicia, la de  la verdad, la que marca la propia vida”-. El propio policía corrupto resulta ser una persona íntegra. La realidad se esconde detrás de las apariencias.

-Sí. Esa misma idea la sugieres, indirectamente, a través de las referencias literarias que dejas caer de vez en cuando. Nombras a Doña Perfecta, de Galdós (p. 219); a Matar a un ruiseñor, de Harper Lee (p. 195); incluso le haces un guiño a Hitchcock cuando hablas de Los pájaros” (p. 76). Pero entre todas esas referencias me voy a quedar con una: Perry Mason (p. 185). Háblanos de tu novela como novela negra.

Cuando sopla el viento de levante no es una novela negra; mi protagonista no es un detective, ni un policía, es una persona común y corriente, una persona como tú y como yo, a la que le pasan ciertas cosas que la obligan a emprender una investigación.

-Sin embargo Olegario Fuentes es un policía. Él es el ayudante  necesario del héroe, para decirlo con el lenguaje de los teóricos de la gramática del relato. Y corresponde al retrato-robot de los protagonistas de novela negra: viejo, cascarrabias, sin sentido del humor, desencantado y de vuelta de todo, que se mueve, además, entre la legalidad y la delincuencia; sarcástico pero movido por un deseo de justicia del que nunca le vemos presumir. Es gruñón como el abuelo de Heidi, ¿no?

-El abuelo de Heidi… Sí, tienes razón. Probablemente sea como el alter ego del protagonista… su sombra, quizá.

-Voy a omitir algunas preguntas que tenía preparadas (una era con relación a Quevedo) por no desvelar ante los lectores el desenlace de la trama; por no hacer spoiler, como se dice ahora. Hablemos de las voces narrativas.

-El relato está construido en primera persona. No me gusta el narrador omnisciente, no me encuentro a gusto con él; prefiero usar voces que conozcan la realidad desde dentro pero que no la conozcan toda: mi narrador es un personaje, y cada personaje aporta una perspectiva sobre la realidad.

-Decía Ortega que la realidad es un entrecruce de perspectivas; la reunión de las perspectivas de todos los personajes nos daría la realidad en su conjunto: es lo que ha intentado Vargas Llosa en La fiesta del chivo.

-Sí, es eso lo que quiero decir. Alguna vez en la novela el narrador está en tercera persona, pero es porque encarna el testimonio de personajes que gravitan en torno al narrador principal.

-Las novelas primerizas suelen ser autobiográficas; éste no es tu caso, aunque hables en primera persona.

-No. Sin embargo hay en ella cosas que conozco bien: la ciudad de Cádiz, sus calles, sus playas, sus rincones, sus gentes… la catedral. La idea de la novela empezó en un hotel de Cádiz. Dormí en una habitación donde había una puerta cerrada, un armario… y algunas cosas extrañas: eso excitó mi imaginación, picó mi curiosidad; conseguí abrir y allí había un plato qua había dejado alguien no muy respetuoso vete a saber cuándo. Ya en Segovia me puse a darle vueltas a las cosas y construí una historia: el resultado es esta novela de la que estamos hablando: Cuando sopla el viento de levante.

-¿Cómo construyes tus historias?

-Me siento delante de un gran papel que pongo sobre la mesa y empiezo a escribir nombres, acciones, líneas y flechas, hasta que se ordena todo; luego escribo; y cuando escribo a veces salen cosas que no estaban en la historia, porque piden salir aunque no hayan sido planificadas.

-Es como cuando en el cine se avanza del guión al film: en el rodaje salen cosas que no estaban en el guión. Dar clase es algo parecido: tú la programas, pero luego la propia clase tiene una dinámica que te obliga a veces a ir por vericuetos distintos.

-Es una buena comparación. Hay ideas y sensaciones que van marcando mi relato. Una de ellas es el viento. A veces, cuando la acción se acerca al clímax, la suspendo en su momento más álgido intentando mantener la atención; hay varios capítulos que terminan de esa manera, como si el autor le dijera al lector: “¿qué pasará en el siguiente capítulo? No te lo pierdas… ¡sigue leyendo!” Busco, por supuesto, la solidez argumental, otra cosa  es que lo consiga. Es como cuando le oímos decir a Pablo –comprobé la cita en la página 129-: “Cazorla me aportaba valoraciones desde la perspectiva más sólida: su experiencia”.

-Sí, uno tiene la sensación de que sueltas muchos hilos que al final se acaban juntando dándole sentido a la trama; como un gato que se cae del tejado, siempre cae sobre sus cuatro patas. Dime, Alberto, ¿no te ha quedado ningún fleco suelto?

-Hay detalles… Mira, he releído la novela montones de veces, se la he dado a otros para que la lean, y a todos, para que veas las cosas, se nos ha escapado un detalle: en una de sus páginas, donde debía hablar de pesetas, se habla de euros. ¡Y no nos hemos dado cuenta ninguno!

-Vamos a ir concluyendo. Hay en tu novela dos paradojas que llaman la atención: en  la página 101 dices que “se disfruta más (…) cuando más se ha sufrido”; y en otro lugar (p. 170) hablas de “la perfección como suma de imperfecciones”. Vamos a centrarnos en esta última: ¿cómo ves tú la perfección en literatura?

-No sé… Lo que sí puedo decirte es que no me gustan las casualidades. Aborrezco de los relatos en que todo se resuelve por una coincidencia, un hecho fortuito, una casualidad.

-Un deus ex machina, vamos. Aristóteles decía que la acción debe resolverse por sí misma, sin recurrir a agentes externos como catástrofes, terremotos o casualidades.

-Eso es lo me no me gusta. Lo aborrezco.

-Tus personajes se definen actuando. No necesitas hacer largas descripciones como en la novela decimonónica, y en este sentido podríamos decir que tu novela se parece más al cine: ¿qué piensas a este respecto?

-Que me siento mucho más a gusto narrando que describiendo; y es verdad que muchas veces sobran las descripciones, pero es una cuestión de afinidades personales; yo prefiero narrar antes que detener la acción, y las descripciones nos obligan a detenerla.

-¿Conoces a Rubén Blades?

-Tengo en casa alguno de sus discos, pero no los he escuchado con especial atención. ¿Por qué?

-Hay varios pasajes donde ambos decís cosas parecidas; en la página 118 de tu novela hablas de cómo Pablo ve a Diana: “cada sonrisa suya daba luz a aquel local tenuemente iluminado”; y lo vuelves a repetir más adelante, cuando en la página 205 dices a propósito de Rodrigo: “tenía una sonrisa que iluminaba la oscuridad y una mirada que irradiaba vida”. Pedro Navaja es un personaje que aparece en una canción de Rubén Blades. Tenía un diente de oro. Y Rubén Blades canta que en medio de la noche el diente de oro iluminaba toda la esquina.

-No lo sabía. La voy a escuchar cuando llegue a casa, ¡qué curioso!

-También tenemos que agradecerte que nos hayas enseñado que Lord Byron llamaba a Cádiz la sirena del océano.

-Estoy enamorado de Cádiz. He aprendido algunas cosas como ésa.

-¿Por qué has situado la acción entre 1970 y 1991, y no en la época actual?

-Porque hoy recibimos todas las informaciones de manera instantánea y yo quería que hubiese sobres que no llegan a su destino, lugares adonde no llegan los teléfonos, cartas secretas y mensajes anónimos, lugares imposibles y citas extrañas… Nada de eso habría sido posible con las nuevas tecnologías; tenía que ser antes de que acabara el siglo XX. .

-Vamos a concluir: dinos algo que todavía no sepa nadie.

-Que tengo en preparación mi tercera novela; estoy a punto de terminarla y muy pronto la entregaré a la imprenta.

Nos despedimos en un ambiente de cordialidad. Ha habido en esta entrevista efusividad y cercanía, Alberto ha hablado con nosotros como quien habla con unos colegas en el bar, sin pedantería, y con la pasión de quien comparte con sus interlocutores experiencias interesantes que vive con la fuerza de la convicción; ficciones que hablan de la realidad como la verdad de las mentiras. Pilar le ha preguntado sobre la autenticidad de sus personajes (Pilar es psicóloga). Belén se ha internado en la teoría de la literatura, Mercedes ha diseccionado con su escalpelo momentos y detalles como el de los euros, Adita ha escarbado también en los euros y las pesetas, Belén (porque hay dos Belenes) e Isabel han marcado el paso haciendo preguntas y más preguntas: una es maestra, otra enfermera, otra administrativo, o recepcionista, otra ama de casa… Tal es la tertulia que nos reúne desde hace tres años en el instituto. Hay dos cosas que tienen todas ellas en común: tener hijos en el instituto (aunque alguna ya hace años que los tiene en Madrid), pero ésa es secundaria; y la otra, la más importante, es su tremendo amor por la literatura, que las convierte, como auténticas fieras, en lectoras voraces. Una enorme cordialidad nos traspasaba al despedirnos de Alberto. Y un deseo compartido: volverás; volveremos a ver a Alberto para que nos hable de sus otros libros, porque los escribirá: ahora mismo los está escribiendo. Hasta pronto.

AUTOR: Mariano Martín Isabel, profesor del Departamento de filosofía. 

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Categorías: 4ESO, BACH | Etiquetas: , | Deja un comentario

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