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ENCUENTRO CON MARIANO FUENTE BLANCO

 

ENCUENTRO CON MARIANO FUENTE BLANCO

1. 

 

Mariano Fuente Blanco es profesor de literatura. Y de lengua. Su amor por la literatura le ha hecho tejer una bella historia; su amor por la lengua, ambientarla perfectamente en el siglo XV, pues sus personajes hablan y piensan con las palabras y los giros de la época. El resultado es Últimos días de Adonay en la ciudad menguante: Adonay es el dios de los judíos, pero representa aquí al pueblo judío que vive en Sefarad; la ciudad menguante (que es Segovia) es aquella que “abandona a su suerte a un tercio de sus hijos” y por eso no merece “las hermosas palabras de madre o de patria” (p. 198); y los últimos días se refieren a la ruptura de la convivencia en un mundo donde, para apuntalar su poder, la reina católica decide expulsar a los judíos sirviéndose del hacer implacable de la Inquisición. Mariano Fuente se ha jubilado hace menos de dos años y el resultado de ese tiempo ganado al tiempo es esta magnífica obra que acaba de publicar; es de esperar que cada año que pase nos regale puntualmente alguna de sus novelas. Nuestra tertulia literaria ha querido conversar con él y él se ha prestado amablemente al juego de las preguntas y las respuestas; era el día 28 de octubre del año 2019.

Todo empezó con una breve exposición del libro por parte del autor; de su trabajo de creación, sus motivaciones y sus anhelos; así fue como nos enteramos de que Abraham de Cárdaba, el protagonista, toma su nombre de un pueblecito que hay muy cerca de la tierra de donde el autor es oriundo: Valtiendas. Luego siguió un turno de preguntas y respuestas que se prolongó a lo largo de hora y media, pero podría muy bien haberse prolongado más. La buena impresión que dejó la lectura se ratificó en los intercambios que acabaron arrojando luz no sólo sobre la obra, sino también sobre el escritor mismo. Y sobre el trabajo meticuloso que ha hecho sobre la lengua, como hemos visto antes. Aconsejado por Bonifacio Bartolomé Herrero, encargado del archivo de la catedral de Segovia, ha buscado en el Fontes iudaeorum regni castellae, especialmente en su tercer tomo, para empaparse literalmente, como si de una inmersión lingüística se tratara, del hablar de la época; ha descartado las voces que estuvieran documentadas con posterioridad al siglo XV (por ejemplo, se ha visto obligado a usar “sino” en lugar de “destino”); el diccionario de Corominas, sí, pero también La Celestina, el Lazarillo y el Quijote, le han servido para sumergirse en el universo de voces, giros, exclamaciones y pensamientos que retratan cabalmente la España del siglo XV.

Y no sólo ha habido un excelente trabajo sobre el idioma. También ha recurrido el autor a fuentes históricas para restituir urbanísticamente la Segovia de los Reyes Católicos. Demetrio Martín, uno de nuestros contertulios, coincidió con él en la búsqueda apasionada de los lugares y los nombres; lugares ya desaparecidos, nombres que hoy tienen otro nombre; mostró unos bocetos que él mismo había hecho a vuelapluma sobre lo que sería un plano contextualizado de la ciudad de la época, y se enzarzó con el autor en un rosario de reconocimientos en donde todo fueron coincidencias entre los dos; los nombres, como si fueran estratos lingüísticos, aparecían debajo de otros nombres descubriendo lo que estaba oculto para llegar a hacer elocuente el silencio.

Precisamente el capítulo 1 de la novela habla de los nombres. Unas veces los nombres son indiferentes y no tienen ninguna influencia sobre las personas; otras (Vladi, Boris, Angustias, Kevin, Jonathan o Rebeca) son proyecciones de los padres sobre los hijos y hacen de los hijos espejos de las obsesiones de sus padres; y otras son escudos de protección frente a agresiones exteriores como cuando Abraham Seneor acaba llamándose Fernán Pérez Coronel: simplemente para que las sospechas y delaciones no den con él en los calabozos de la Inquisición, por judaizante.

La charla discurre por muchos derroteros y se hace cada vez más amena e interesante. Pero para relatar lo que allí sucedió quizá convenga hacer un alto en el camino; una pausa para hablar de la obra, como un túnel en mitad del camino, antes de salir al otro lado y seguir hablando del curso de nuestra conversación.

 

2. 

            La novela es a la vez sencilla y densa; tan sencilla que todo el mundo la puede entender (pues que se expresa en el lenguaje de la gente llana); y tan densa que uno tiene la impresión de que en ella caben todos los temas, de que todo es importante: la vida, la escritura, la historia, la tolerancia, los mitos y las leyendas (sobre todo de origen bíblico), la ética y la crítica a la religión… La historia sencilla de un hombre sencillo, exenta de peripecias, contiene la más recóndita complejidad de la vida como toda la física cuántica cabe en la insignificancia de un átomo; ya advertía Bécquer que, cuando se está enamorado, un libro cabe en un verso. El clamor del destierro nos trae, más que ecos bíblicos, el impresionante coro del Nabucco de Verdi: “cuando me disponía a volver a la ciudad empezaron a rezar. Un estremecedor clamor se elevó de la boca de los gimientes (…) Era el último destello de nuestra presencia en Segovia. Nos estábamos apagando” (p. 164); después (p. 167) “la ciudad se quedó suspendida en el silencio (…) Como si hubiera pasado un ángel sordo vertiendo cera en los oídos de los vivos y de los muertos”.

Algunas leyendas (el ángel exterminador, la cena del rey Baltasar, el gólem) proceden del judaísmo que se contiene en el Antiguo Testamento; otras (como asistir al entierro de sí mismo) no pueden dejar de recordar al Espronceda de El estudiante de Salamanca; la cerca de la judería (“esta cerca de ocho arcos (…) que nos convertirá en sombras”, p. 80) tiene reminiscencias, involuntarias o no, del Hades del mundo griego; en fin la leyenda del Corpus da pie a un conato de crítica religiosa cuando el autor pone en boca de su personaje la más atinada de las consideraciones: “el escándalo –milagro lo llaman los cristianos-“ (pp. 190-191), dice. Todo el libro se resume en dos palabras que se necesitan como el anverso y el reverso de una medalla: una infinita compasión por el sufrimiento que causan en la gente humilde quienes mandan, y una llamada a la razón como abanderada del corazón para curar, y si es posible prevenir, los infortunios que recaen sobre los inocentes; en más de un lugar el autor identifica la razón con la justicia, y aclara, por si fuera preciso, para quien no lo entienda (p. 212): “la justicia está más allá de las leyes”.

Con todo el pensamiento que se desgrana hoja por hoja se podría reconstruir una filosofía; y hasta muchas filosofías contradictorias. Está (Marx) la alienación de “defender aquello en lo que no se cree” (p. 132); la distorsión de las personalidades múltiples, patología bien conocida de los psicólogos, que desgarran al paciente entre vivencias inauténticas (“¿cómo se puede ser cristiano de día (…) y judío de noche (…)? Nadie puede vivir a la vez dos vidas sin enloquecer”: p. 132). Está la huella indeleble de Don Quijote (p. 205: “yo soy mi propia ley”, que nos remite a Kant: pues “propia” en griego es “autos” y “ley” se dice “nomos”: autonomía, la clave de bóveda de todo el edificio kantiano que Cervantes resume nietzscheanamente: “sus fueros, sus bríos”). Está Sócrates (“no contradigo a nadie hasta que no oigo sus razones”, p. 220), está Aristóteles (p. 222: “yo soy la tierra en que vivo”), está Nietzsche reivindicando el dolor como estimulante de la voluntad frente a un hedonismo indolente (“faltó la costumbre de luchar, porque mi vida era demasiado complaciente”: p. 219). Y todo es una llamada a la tolerancia: “Cristo dice verdades que yo creía antes de creer en él”, p. 203; “lo importante es la ley, no sus ministros” (p. 203); o “Dios y Adonay no son tan distintos” (p. 204); lo que nos recuerda a Andrés Laguna clamando contra las guerras de religión, donde la gente se bate por la misma cruz pintada en las banderas de distinto color. Y todo es un alegato contra las tribus en aras del cosmopolitismo: porque lo mismo que “lo monstruoso y lo aborrecible medran en cualquier ley, cualquier tierra y en cualquier clima” (p. 206), igual podemos decir que “entre los judíos, como entre los cristianos, también hay inocentes” (p. 216). Al final todo se resuelve en el imperativo categórico, y volvemos a Kant: “Don Justo”, dice el protagonista, “me trató tan bien como yo le hubiera tratado a él” (p. 148); esto es lo mismo que predica el judaísmo: “no hace falta estudiar para saber que tienes que tratar a los demás como quieres que te traten a ti (…). Ésta es la única ley: lo demás es comentario” (pp. 220-221), dice el rabí Hillel; lo mismo defiende el cristianismo, p. 223: “la ley del sabio Hillel es la del amor al prójimo que predicó el Cristo”; que, en versión laica, es idéntica al imperativo kantiano y a la voz de la conciencia que reivindicaba Sócrates: “la de las certezas que brotan de mi corazón”.

Cuando no se respeta ese sencillo principio todos los edificios, laicos y religiosos, se desmoronan: entonces la sociedad se disuelve como la madera bajo la carcoma, se rompe la convivencia y el individuo se queda aislado, perseguido y condenado al silencio; así le pasa al protagonista de 1974, vigilado hasta cuando escribe y cuando piensa; por eso escribir, como leer, es un acto de rebeldía. “Todo el Reino es un edificio tan carcomido como yo mismo (…) Una presencia sin alma si sus mejores hombres y (…) mujeres están paralizados por el miedo, (…) la tristeza, (…) el abuso” (p. 197). La sociedad se atomiza cuando el pueblo se transforma en populacho, que el autor caracteriza como presencia de “los resentidos, los envidiosos, los más humillados y embrutecidos” (pp. 118-119), y su efecto es doble: por un lado es vida sin alma (p. 151) y por otro ·”Maldad” que sale “victoriosa contra la Razón y la Justicia” (p. 52), de donde se deduce que la Bondad (así, con mayúscula) es la Razón. Hay un sesgo platónico en la afirmación de una Justicia ideal por encima de todas las justicias que encontramos en la realidad; esta diferencia entre lo puro y lo impuro se caracteriza, respectivamente, igual que lo encontramos en Platón, con la mayúscula y la minúscula.

Eso le pasa a la sociedad. A las personas les pasa que, como el Nosferratu de Bram Stoker (qué coincidencia que Bram, diminutivo de Abraham, sea también el nombre del protagonista de nuestra novela), sean a la vez seres que han muerto como personas pero siguen viviendo como individuos; como dice Mariano Fuente, “morir nuestra amada” (p. 146) es lo mismo que “ser uno más”; sus propios hijos, sobre todo Samuel, empiezan a ser corroídos por la carcoma de la intolerancia (en este caso no de la Inquisición, sino de la sinagoga) cuando borran a su padre de sus vidas por haberse convertido; porque no saben que “el amor está por encima de las creencias” (p. 136); y no pueden comprender que, si Segovia es para ellos Jerusalén (como lo siente su padre), quedarse es seguir siendo judío (p. 126); y no han descubierto todavía que, si la ley de Dios es la misma que la de Adonay, convertirse no es traicionarse, sino reencontrarse auténticamente consigo mismo por encima de los ritos, de los templos y las apariencias. Quienes no lo entienden así condenan a quienes se convierten a convertirse en no-muertos, hoy diríamos, más que muertos en vida, “muertos vivientes”, o, como dicen los judíos, “gólems”. “Y fue así como pasé a ser otra persona sin dejar de ser la que había sido siempre” (p. 1452): un ser alienado, como diría Marx; un ser inauténtico, como diría Heidegger. “Fue un tiempo muy largo y oscuro. Todos los días eran idénticos al anterior y al posterior, sin sol ni luna. Algunos de ellos los pasaba deseando la muerte para salir de aquella modorra vana en que se había convertido mi vida” (p. 169).

Todas estas consideraciones convierten Últimos días de Adonay en la ciudad menguante en algo muy parecido a un evangelio: cuenta una historia sencilla, sin peripecias rocambolescas, y al mismo tiempo transmite una doctrina (sobre todo en su segunda mitad). Y lo hace utilizando analogías, como las parábolas. La escuela de la intolerancia está en manos del “rabí de mozos (…) seco como la mojama que no dudaba en golpearnos” (p. 26); y que era, expresándolo con anáforas, “un maestro demasiado riguroso en un lugar demasiado oscuro, para un niño demasiado pequeño” (p. 26). La carcoma se expresa con asíndeton: “multiplicando las discordias, vecinos contra vecinos, familias contra familias, padres contra hijos, marido contra mujer” (p. 81); porque aparece como un fulgor vertiginoso que nos condena a la lentitud desesperante que expresa el polisíndeton: “apenas comía ni dormía pero no me importaba porque no sentía el cansancio ni la sed ni el hambre ni el sueño ni ningún placer ni ningún dolor aparte de su ausencia insoportable” (p. 170); entre la causa y sus efectos se incrusta una gradación destructora (“con los tormentos”, p. 108, “cada uno habrá declarado contra sí mismo, luego unos contra otros y al final todos contra todos”). La mayor parte de los recursos son analogías, imágenes, ya en forma de símiles, ya de metáforas: “mi vida se derrumbó de repente como una casa carcomida” (p. 147); “la comitiva” (estamos hablando del destierro) “comenzó a moverse lentamente como una yunta de bueyes que cabecean bajo el yugo” (p. 166); “soy uno que se mantiene en pie cuando la mayoría besa los pies de La Bestia” (p. 171); “miro mi cara en los espejos arrumbados: como raíces venenosas las arrugas se van extendiendo por mi rostro” (p. 185); a veces una prosopopeya (p. 199: “la ruina avanza sobre la ciudad como una maldición o una peste”), una hipérbole (“Doña Isabel”, se refiere, p. 112, a la reina Católica, “presumía de que ni las hojas de los árboles se movían sin su consentimiento”). Una sinestesia (“en la casa había un silencio espeso que me aterraba”, p. 139). Como Ossian, como Pascual Duarte, como el Quijote, el libro está construido sobre el recurso del manuscrito encontrado; y el autor nos engaña doblemente, pues en los agradecimientos menciona a Bonifacio Bartolomé Herrero, encargado del archivo de la catedral de Segovia, lo que nos hace creer que el manuscrito encontrado existe; y lo que en realidad está agradeciendo son los documentos recomendados para aprender a dominar al lenguaje del Renacimiento; podríamos concluir diciendo que la historia no es verdadera pero sí auténtica; el texto no fue escrito en el siglo XV, pero es un texto del siglo XV hasta el tuétano de los huesos.

Podríamos decir muchas cosas todavía, pero hay que concluir. No quiero dejar de destacar una curiosa coincidencia: cómo el expolio se constituye, sin querer, en imagen negativa de la razón poética; “yo mismo compré sin buscarlas”, dice uno de los personajes (p. 158) “cosas que los desesperados me ofrecieron por la calle al precio que me pidieron”; la razón que se construye en María Zambrano también consiste en encontrar sin buscar; es un don que se posee con independencia del mérito; “escribir como yo lo hacía”, dice el protagonista, “no era un mérito mío del que sentirme ufano sino un don que debía regalar a los demás” (p. 188); esta feliz coincidencia en la ciudad de Segovia, escuela, si no cuna, de Zambrano, entronca sin duda con el sentir del propio autor que se descubre tocado por la  musa; y consciente de que es un don, que le ha sido dado por la naturaleza, deja claro que la misión del escritor no es presumir de él y regodearse en la pedantería, sino regalárselo a quienes han nacido sin ese don. Eso nos remite al último de los temas que evocaremos aquí: la necesidad de hablar por los que no tienen voz.

Todo el relato se entiende desde la prohibición de escribir que establece la Inquisición. La escritura (ya en la página 19) nos restituye la integridad, y toda la novela es el relato sereno que el protagonista hace de su propia vida; lo hace desde una triple profesión, el empirismo, el racionalismo y el emotivismo, en los que se aúnan las figuras de Hume, Descartes y San Agustín: “creo únicamente lo que ven mis ojos, lo que se ordena en mi cabeza y lo que siente mi corazón. Y no siempre” (p. 187); porque la verdad es correspondencia (Aristóteles), coherencia (Euclides) y amor (Don Quijote y San Agustín). ¿Y cómo se transmiten las verdades? Recurriendo a los tres grados en los que se presenta el conocimiento: lo que sé, lo que deducimos y la interpretación del interlocutor (Ortega y Gasset); “lo más indicado es que cuente por menudo lo que sé, que exponga lo que Sara y yo dedujimos y que deje a la interpretación del lector lo que no sabemos” (p. 95); el empirismo y el racionalismo se deben completar con el perspectivismo.

Todo desemboca en una metodología muy parecida a lo que fueron las confesiones de San Agustín. “¿Por qué escribo a la luz de un candil?” (p. 216), se pregunta el protagonista, y se contesta así mismo (p. 218): “éste es el tiempo para repasar los buenos y malos pasos de mi vida (…) ahora ese el momento en que hablo con estas páginas”. Lo mueve un triple propósito: contar las cosas, llegar a las causas y luchar por la causa; describir, explicar y prescribir; “cuando comencé a escribir sólo quería referir ciertos momentos de mi vida (…) pero los renglones y los días me han llevado de una cosa a otra hasta descubrir la causa por la que (…) agarraba la pluma y el tintero con la pasión con que un caminante sediento se inclina sobre una fuente”; luego “supe que mis palabras me habían llevado (…) más allá de mi propia historia”, hasta el libro de los Proverbios: “abre tu boca, juzga con justicia, y defiende la causa del pobre y del menesteroso” (p. 222); por eso descubrió que “era necesario ejercer sin pérdida de tiempo el único talento con que nací” (p. 223). En una época (pp. 178-180) en que arden los libros, esos tesoros escritos, y por culpa de los incendiarios se extiende, con el resplandor de los libros, el olor del pergamino. En una época marcada por el crimen de leer, hasta La Biblia ardía si no era la Vulgata. La vida es ignorancia si crece en medio del crimen de leer. Y… sí: cuando el soporte desaparece es cuando el mensaje brilla más, porque los libros resplandecen, mal que pese a quien los quema, allí donde los pergaminos se hacen polvo y desaparecen en la nada.

 

3. 

 

El personaje es un pendolista. Un artesano encargado de escribir con letras artísticas. Pero cuando la prohibición de leer se abate sobre las personas surge, inesperadamente, una nueva dimensión de la escritura: la transmisión de ideas y sentimientos; la denuncia; el interés por el mensaje que transportan los signos; el interés por el significado se transfiere a sus significantes; ahí es donde el fuego quema las letras, pero alumbra las palabras con su resplandor. Ésta y otras cosas se dijeron en la tertulia. Se habló del Cantar de los cantares y del Eclesiastés, poesía pura, poesía mística; y de la cara menos amable de la Biblia (los Números, el Levítico); y de que todo San Juan de la Cruz está en el Cantar de los cantares; y en el libro de los Proverbios está contenido, acaso a pesar de Cervantes, el Quijote. Los tertulianos hicieron preguntas que el autor contestó sobre voces arcaicas que unos y otros habían oído en sus pueblos; como, por ejemplo, que en el siglo XV no se decía “traductor” sino “truchimán”. Y no se habló, pero el asunto quedó en el aire, del espacio que le queda a la libertad cuando nos absorben los determinismos de la época; sobre todo en tiempos de infamia como los que aquí se retratan; Mariano Fuente habló de “sentirse libre dentro de lo que te toca” sin pensar que esa expresión fue reformulada por Sartre (“libertad es lo que yo hago con lo que han hecho de mí”). En fin, cada uno tuvimos la sensación de que todas las filosofías, hasta las más complicadas, están de modo intuitivo en las expresiones más sencillas (y quizá, por eso, más contundentes) de la gente anónima, llana y pobre. Cuando nos despedimos tuvimos la sensación de haber estado un peldaño por encima de las cosas intrascendentes y vanas; y yo pienso, por mi parte, que en Adonay… tenemos, si Dios no lo remedia, un hito que habrá que tener en cuenta en las letras hispanas del siglo XXI; si me equivoco me corto la oreja.

 

AUTOR: Mariano Martín Isabel, profesor del departamento de filosofía.

 

 

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